•
Unas tareas antes insignificantes pasan de
repente a ser importantísimas y desplazan la tarea desagradable a un segundo
plano (por ejemplo: “Tengo que hacer una limpieza a fondo. No puedo empezar todo
ese papeleo con la casa hecha una pocilga”). Si la tarea desagradable —el
papeleo— desapareciera por arte de magia, ¿sería tan urgente realizar una limpieza
a fondo de la casa?
•
Primero emprendemos unas tareas agradables para animarnos
a afrontar más adelante la tarea difícil, pero la placidez de esas tareas hace
que aplacemos la tarea importante (por ejemplo: “¿Por qué estropear este
momento? Ya pasaré el cortacésped otro día”). Naturalmente, podemos disfrutar y
pasar el cortacésped el mismo día.
• Estamos continuamente atentos a cualquier razón 0
motivo mínimamente creíble para resistirnos a empezar una tarea 0 para dejarla
(por ejemplo: “El teléfono suena y podría ser una llamada importante. Puede que
haya surgido algún problema”).
•
En este caso, cuando finaliza la llamada telefónica
podemos buscar otras maneras de eludir la tarea (por ejemplo, tomar un café,
escribir la lista de la compra) 0 decirnos que hemos perdido el impulso para
seguir con ella. Si nos obligáramos a retomar la tarea nos sorprendería la
rapidez con la que volveríamos a recuperar el impulso perdido.
• Crear la ilusión de estar abordando la tarea, es
decir, que a todos los efectos estamos realizando un trabajo que parece ser un
precursor de la tarea misma (por ejemplo, ordenar la habitación y la mesa de
trabajo antes de sentamos a redactar un trabajo). Sin embargo, una vez
realizado el trabajo preparatorio “Un cuarto ordenado aclara la mente”—consideramos
que, de momento, ya hemos hecho suficiente; evitamos redactar el trabajo, o por
lo memos empezarlo, pero nos convencemos de que “ya hemos dado el primer paso”
y de que podemos dirigir nuestra atención a algo más agradable. Las ilusiones pueden
ser reconfortantes, pero no redactan trabajos por nosotros.


