viernes, 27 de septiembre de 2013

El denominador común de la indecisión



“Lo que tienen en común las personas indecisas, es un claro problema emocional”. 

Puede que no seamos conscientes de nuestros problemas emocionales porque nuestra conducta de evitación (también conocida como conducta defensiva) nos protege impidiendo que los experimentemos. La manera de “liberar” esas emociones es hacer frente a la situación evitada e identificar las creencias y los pensamientos que sustentan la indecisión. El modelo ABC de los problemas emocionales nos ayudará a comprender este proceso:

A = Suceso activador: imaginamos que hacemos preguntas y comentarios en una reunión (en lugar de nuestra pauta usual de comportamiento, consistente en guardar silencio o hablar muy poco).

B = Creencias y pensamientos: “Diré alguna tontería o me haré un lío con los datos, y quedaré como un idiota delante de los demás”.

C = Consecuencias emocionales: profunda ansiedad.


El hecho de imaginar que nos encontramos en la situación que tendemos a evitar (A), suscita, pero no causa, nuestra ansiedad en C. Lo que sentimos en C esta mediado por nuestras creencias y pensamientos en B, es decir, que quedaremos como unos idiotas delante de los demás cuando demos nuestras opiniones. Guardando silencio en las reuniones, nuestros pensamientos perturbadores que nos provocan ansiedad no se activan y nos sentimos “seguros”. Más adelante volveremos a abordar el uso de este modelo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Tipología de la indecisión




1. Perfeccionismo: nos cuesta iniciar o acabar tareas porque podríamos no alcanzar el nivel que nos hemos impuesto. Por lo tanto, buscamos excusas para explicar nuestra actuación imperfecta y evitar el autodesprecio (por ejemplo: “No he sacado un sobresaliente porque he salido mucho de juerga. Si hubiera estudiado en serio y no hubiera sacado un sobresaliente, entonces sí que sería un fracaso”).

2. Soñar: tenemos tendencia a la distracción y a la falta de realismo; las grandes ideas no se traducen en objetivos realizables. Usamos la fantasía como vía de escape de la monotonía o del aparente estancamiento de nuestra vida.

3. Preocupación: tememos que las cosas salgan mal y que los acontecimientos nos superen; por lo tanto, evitamos el riesgo o el cambio y tenemos poca confianza en nuestra capacidad de tomar decisiones o de tolerar el desasosiego.

4. Provocar crisis: nos gusta alardear de que no nos podemos motivar hasta el último momento o de que entonces es cuando trabajamos mejor. Estar siempre “en vilo” nos provoca una descarga de adrenalina. Normalmente mostramos una tolerancia muy baja del aburrimiento. Por otro lado, cuando caemos en la indecisión en el último momento, esperamos que la tarea desaparezca milagrosamente o que aparezca alguien que nos ayude a realizarla o que la haga por nosotros.

5. Rebeldía: reaccionamos con agresividad a las sugerencias o instrucciones de los demás porque ello significa que nos están diciendo lo que tenemos que hacer o que intentan controlarnos; o b) adoptamos una actitud pasivo-agresiva y decimos “si” cuando queremos decir “no” para desquitarnos indirectamente de alguien porque tememos o nos cuesta expresar nuestros verdaderos sentimientos.

6. Exagerar las cosas: siempre estamos haciendo algo o trabajamos más de lo necesario, pero no abordamos los problemas importantes que deberíamos afrontar (por ejemplo, decidir cuáles son nuestros verdaderos objetivos y valores en la vida). Nos cuesta decir “no” y delegar trabajo en otros.