Antes de admitir un problema, debemos ser conscientes de que lo tenemos. Puede que otros sean
conscientes de ello y nos señalen cambios de humor o de conducta (por ejemplo, mayor preocupación, distanciarnos de los amigos) y que nos
neguemos a reconocer que algo va mal.
La conciencia de que algo va mal puede ir
despertando gradualmente en nosotros cuando notamos que nos sentimos incómodos o alicaídos, se nos van acumulando
problemas que no podemos evitar estallas
en una crisis (Por ejemplo, nuestra pareja amenaza con dejarnos
si no ponemos nuestros
pensamiento en orden), lo que nos hace llegar a la conclusión
de que algo no anda bien en nuestra
vida. Admitir que tenemos un problema (por ejemplo, que nos agobia las presiones del trabajo, que
debemos desamasiado o que tenemos problemas sexuales) también puede convertirse
en un problema. Uno de los principales obstáculos para admitir que tenemos
dificultades personales es la sensación de
vergüenza: estamos revelando a los demás, o los demás descubren, lo que para nosotros
es una debilidad, una diferencia o un defecto
y tememos ser criticados, rechazados, censurados o ridiculizados por
ello (por ejemplo, unos amigos se enteran de nuestra impotencia sexual y se
burlan de nosotros: ¡Después de todo teníamos razón y resulta que es una pichafloja!). De todas
las emociones que tiende a reducir
nuestra capacidad de pedir ayuda a los demás y de tratarnos a nosotros mismos con compasión, la vergüenza es la más importante
y destructiva. Para evitar experimentar estos sentimientos de vergüenza, podemos negar que tenemos
problemas, intentar disimularlos o culpar de ellos a otra persona (por ejemplo,
me haces perder los estribos con tanto tocarme las narices). Un aspecto muy importante de admitir un problema es aceptarnos a nosotros
mismos por tenerlo, independientemente de cómo nos puedan juzgar los demás.