viernes, 16 de agosto de 2013

Vergüenza


La vergüenza surge del supuesto  de que hemos revelado públicamente defectos, debilidades, ineptitudes, etc. Y de  que los demás estarán  de acuerdo con la evaluación  negativa que hacemos de nosotros mismos. Por ejemplo,  una persona que se precia de su control emocional se pone hecha una furia cuando se encuentra con una cola enorme en el supermercado; otros clientes se vuelven hacia ella, se la quedan mirando y murmuran entre sí. La persona se imagina que la ven como alguien impaciente y de mal genio y que reprueban su conducta. Como señala Lazarus; “La vergüenza es una discrepancia entre lo que  las persona desea ser y la manera en que  se le  identifica socialmente”. Cuando sentimos vergüenza, querríamos desaparecer de la vista de los demás o que “La tierra nos tragara”. Si no podemos retirarnos de la situación, evitamos  mirar a los ojos a los demás  o bajamos la cabeza para evitar lo que creemos  que será  un severo juicio. Sin embargo, el hecho  de sentirnos  atrapados  en esa situación puede  aumentar nuestra agitación y hacer  que llamemos más la atención. Una vez  liberados de la situación, quizá evitemos volver a ese lugar porque suponemos que la gente nunca olvidara nuestra conducta y nos mirara y señalara si nos vuelven a ver. A veces podemos  sentir más bochorno o “corte” que  vergüenza. El bochorno  se puede considerar una forma mucho más leve de vergüenza donde las debilidades o  defectos  que revelamos  a otros  no son esenciales para  nuestra identidad social (por ejemplo, equivocarse con el nombre de una persona  aunque ya hayamos hablado  con ella varias veces;  yo mismo  recuerdo haber dado una clase a unos  estudiantes que , tras escucharme atentamente, me comunicaron que me había equivocado de aula). En casos como estos, nos podemos reír de nosotros mismos (Por ejemplo:” Perdona que no me acuerde de tu nombre. Siempre me pasa lo mismo. Tengo  muy mala memoria. Hasta me olvidaría de mi propio nombre  si no fuera porque me lo recuerda mi mujer”); sin embargo, en el casos de la vergüenza, el fallo suele ser demasiado doloroso para dar lugar a un toque de humor.
Hasta ahora nos hemos concentrado en la vergüenza externa (es decir, revelar nuestras imperfecciones a otras personas  y ser juzgados  negativamente por ellas); pero también podemos experimentar  una vergüenza interna en la que nos menos preciamos por no dar la talla en relación  con “Algún  ideal o modelo interiorizado” Por ejemplo, podríamos  beber mucho cuando estamos solos  para soportar las impresiones  de trabajo y condenarnos por ser débiles y “ no saber sobrellevar la tensión como los demás”. Probablemente también sentiríamos ansiedad ante la posibilidad también sentíamos ansiedad ante la posibilidad de revelar nuestro “vergonzoso secreto” a otras personas o d lo descubrieran, por temor a que también ellas nos  despreciaran por nuestra “debilidad”.

Para empezar a afronta nuestra vergüenza, lo mejor es aprender a separar nuestra conducta de nosotros mismos (Po ejemplo: “Puede que haya actuado tontamente, pero eso no significa que sea tonto”; “Bebo para soportar la tención y ya que en el fondo no me ayuda,  pero eso no significa que sea débil”) Si estas acciones  no significan que seamos “tontos “o “débiles”.

jueves, 15 de agosto de 2013

Ira


El tema principal de la ira es alguna forma de transgresión percibida contra uno mismo. Esto puede ocurrir en tres aéreas principales. En primer lugar, cuando vemos bloqueados o frustrados de algún  modo nuestros intentos de alcanzar una meta importante (por ejemplo: “¿Por qué demonios esos cabrones no me habrán dado el acenso? Saben lo mucho que me he esforzado por conseguir ese puesto”). En segundo lugar, cuando se ha violado alguna regla personal importante (por ejemplo: “Cuando le digo  buenos días lo menos que puede hacer es  responderme, ¡imbécil de mierda!”).  Naturalmente, podemos estar enojados con nosotros mismos por haber incumplido nuestras propias reglas (por ejemplo: “Dije que no volvería a fumar. ¿Por qué no puedo mantenerme firme”). En tercer lugar, cuando nuestro amor propio parece amenazado de algún modo. (Por ejemplo, insultamos a un amigo llamándolo miserable cuando nos pide que le devolvamos el dinero que  nos presto porque al hacerlo  nos ha recordado, queriendo o sin querer,  que no le devolvimos el dinero  el día que nos habíamos comprometido  a hacerlo).

Cuando estamos enfadados podemos agredir física o verbalmente (contraatacar) o, si creemos que no es una respuesta adecuada  en ciertos casos (Por ejemplo, contra nuestro jefe), podemos  desviar  nuestra agresión hacia otra persona  o algún objeto  (Por ejemplo,  gritar  a nuestra pareja o romper la vajilla). En lugar de atacar podemos retirarnos de la situación, como cuando abandonamos furiosos una reunión o una relación. Podemos ser  reacios a vengarnos de alguien directamente (Por ejemplo, ridiculizarlo a un ex pareja  delante de sus nueva  pareja) y hacerlo de una manera indirecta. La expresión  indirecta  de represarías  se llama agresividad pasiva. Se ha demostrado que la ira y hostilidad prolongadas  aumentan el riesgo de sufrir  enfermedades cardíacas y otros trastornos  físicos. Podemos pensar que son los demás los que debe cambiar, y no nosotros porque son ellos la causa de nuestra ira. Sin embargo, seguiremos atrapados por nuestra ira porque es muy improbable que los demás satisfagan nuestros deseos.


Hauck explica la mejor manera de afronta la ira: “Para superar la ira, primero debemos superar una idea que se nos ha enseñado toda la  vida: que nuestra ira provoca  la de los demás”. Cuando nos enfrentamos a circunstancias  que nos produce frustración o a personas que nos tratan mal, podemos elegir como responder; si en lugar de sentirnos fastidiados o irritados acabamos “explotando” es que hemos pulsado nuestro botón de la ira.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Depresión


Esta emoción implica alguna pérdida (por ejemplo, de la pareja, el trabajo, el amor propio, la fe religiosa, la potencia sexual). Esta pérdida suele ir seguida de la infravaloración de uno mismo (por ejemplo: “Puesto que soy impotente, ya no soy un hombre de verdad”). Cuando una persona está deprimida suele retirarse de actividades  que antes le eran agradables y encerrarse en sí misma, reforzando  así su estado depresivo. El contenido negativo  de los pensamientos  de una persona deprimida se ha llamado “triada cognitiva de la depresión” (Beck y otros, 1979) porque suele incluir una imagen negativa de uno mismo (por ejemplo: “no valgo para nada”), del mundo (por ejemplo: todo me va mal”) y del propio futuro (por ejemplo: “Nunca superare esta depresión”). Además de  esta sobria perspectiva aparecen, entre otros síntomas, incapacidad de sentir placer; perdida de interés, libido, apetito y motivación; problemas de sueño; cavilación incesante; indecisión, y pensamientos suicidas. Hauck (1974) identifica tres causas de la depresión:
      1.       Culpa: criticarse o despreciarse continuamente uno mismo por los fracasos y los reveses de la vida (por ejemplo: “Mi matrimonio  ha fracasado. Soy incapaz de hacer algo bien. Soy un inútil total”). Hauck señala que “en el fondo importa poco de que nos culpemos, siempre y cuando nos hagamos la vida imposible”. Culparnos continuamente ¿en que nos ayuda a corregir nuestros errores y a mejorar nuestra conducta?
      2.       Compadecerse: sentir lástima por uno mismo a causa de, los infortunios sufridos (por ejemplo: “No merecía perder mi trabajo. ¿Por qué yo? ¿Qué tiene el mundo contra mí?”). La vida suele ser arbitraria e injusta, pero nos olvidamos de ello cuando creemos que merecemos ser tratados de una manera diferente, que debemos ser tratados como un caso especial.
      3.       Compadecer a otros: sentir compasión por las desgracias ajenas (por ejemplo: “Es horrible que mueran tantos niños de hambre “). Puesto que deprimirse por las desgracias ajenas no ayuda a los demás  desde un punto de vista práctico, ¿para qué sirve nuestra depresión? ¿Sirve nuestro dolor para aliviar el sufrimiento ajeno?

Aunque el pensamiento negativo y distorsionado es característico de la depresión, algunos sucesos, como la muerte de un ser querido, justifica caer en ese estado; pero., ¿es que en esas circunstancias el pensamiento no es negativo ni esta distorsionado? Perder a un ser querido  es una desgracia, pero puede aparecer distorsiones en nuestro pensamiento si, por ejemplo, creemos que nunca volveremos a ser felices,  que nunca lo superaremos o que nunca volveremos a encontrar una persona igual. Estamos  prendiendo nuestro futuro a partir de nuestros sentimiento actuales, pero en realidad no podemos saber con precisión como será(es do solo se puede determinar mirando hacia atrás, no hacia adelante). Podemos optar por encontrar a otra persona aunque no sea “perfecta” Burns distingue entre tristeza y depresión:

La tristeza es una emoción normal creada por percepciones  realistas  que describen de una manera no distorsionada un suceso negativo que supones una perdida. La depresión es una enfermedad que siempre es el resultado de pensamientos que están distorsionados de algún modo. 

martes, 13 de agosto de 2013

Algunos problemas emocionales comunes


En esta sección, además  de describir las características principales  de estas emociones, presentaremos más técnicas para afrontarlas.
Ansiedad
La ansiedad se basa en pensamientos orientados a un futuro que se supone algún peligro o amenaza y ante el cual nos sentimos vulnerables  de algún modo. Con frecuencia exageramos la peligrosidad de una situación dada e infravaloramos nuestra capacidad  de superarla. La amenaza o el peligro se pueden situar en un conjunto  de tiempo que va desde lo inminente (“Dios mío, Me voy a desmayar”) y el futuro próximo (por ejemplo: “Se que hare el ridículo cuando conozca a los amigos de mi marido este fin de semana”) hasta un futuro más lejano (por ejemplo: “Seguro que este bulto en la espalda será un cáncer en un par de años”). Cuando sentimos ansiedad podemos experimentar algunos  de los siguientes síntomas: ahoga, palpitaciones, temblores, sudor, vértigo y sofoco. SE  dan los mismos síntomas  en te un peligro físico (por ejemplo, si un ladrón entra en casa) o ante una amenaza psicosocial (por ejemplo, miedo al rechazo). Dependiendo de nuestra evaluación  de la situación podemos atacar (luchar), escapar de la situación  (huir), quedarnos bloqueados (paralizados) o desmoronados (desmayarnos).
Podemos distinguir entre el miedo y la ansiedad: el primero es una evaluación  de un estimulo que consideramos amenazador, Cuando sentimos ansiedad podemos intentar eludir la situación amenazadora o retirarnos de ella, o bien buscar en otros la certeza de que el resultado temido no se producirá.

La manera  más evidente de afrontar la ansiedad es hacer frente a los propios  temores. 

lunes, 12 de agosto de 2013

El arte de escuchar es la clave para convivir y trabajar en equipo



Este arte pide estas prácticas: 

1. Eres amoroso, respetuoso y tolerante. Aceptas las diferencias y no manipulas a los demás. 

2. Valoras al otro y aprecias su dignidad. Cada ser es valioso y merece reconocimiento. 

3. Prestas atención genuina a las palabras y al lenguaje no verbal que es tan importante. 

4. Controlas las emociones y tomas medidas para eludir o aliviar las tensiones.

5. Le das cabida al buen humor, te ríes de ti mismo y eres descomplicado. 

6. Eres realista y evitas el perfeccionismo, las culpas y los juicios. Te dedicas a unir y comprender. 

7. Creces en humildad y aceptas que sólo posees tu verdad, no la verdad. 

John Gottman, afirma que el 69 por ciento de los desacuerdos entre las parejas no se resuelven nunca. Las parejas no se educan para conciliar y tienden a archivar agravios y rumiar rencores. La cifra estadística es bien alta y nos plantea una misión: calmarse, no atizar la hoguera, ceder y llegar a acuerdos de mutuo beneficio. 

Algo que hacen las personas sensatas en su trabajo, ¿por qué no vivirlo en el seno del hogar? Lo sano es liberar bien las emociones negativas, no guardar nada dañino y focalizarse en lo positivo; en suma comunicarse bien para amarse más y mejor.