viernes, 20 de septiembre de 2013

Aplazar las cosas (Parte II)



      Unas tareas antes insignificantes pasan de repente a ser importantísimas y desplazan la tarea desagradable a un segundo plano (por ejemplo: “Tengo que hacer una limpieza a fondo. No puedo empezar todo ese papeleo con la casa hecha una pocilga”). Si la tarea desagradable —el papeleo— desapareciera por arte de magia, ¿sería tan urgente realizar una limpieza a fondo de la casa?

      Primero emprendemos unas tareas agradables para animarnos a afrontar más adelante la tarea difícil, pero la placidez de esas tareas hace que aplacemos la tarea importante (por ejemplo: “¿Por qué estropear este momento? Ya pasaré el cortacésped otro día”). Naturalmente, podemos disfrutar y pasar el cortacésped el mismo día.

   Estamos continuamente atentos a cualquier razón 0 motivo mínimamente creíble para resistirnos a empezar una tarea 0 para dejarla (por ejemplo: “El teléfono suena y podría ser una llamada importante. Puede que haya surgido algún problema”).

      En este caso, cuando finaliza la llamada telefónica podemos buscar otras maneras de eludir la tarea (por ejemplo, tomar un café, escribir la lista de la compra) 0 decirnos que hemos perdido el impulso para seguir con ella. Si nos obligáramos a retomar la tarea nos sorprendería la rapidez con la que volveríamos a recuperar el impulso perdido.


   Crear la ilusión de estar abordando la tarea, es decir, que a todos los efectos estamos realizando un trabajo que parece ser un precursor de la tarea misma (por ejemplo, ordenar la habitación y la mesa de trabajo antes de sentamos a redactar un trabajo). Sin embargo, una vez realizado el trabajo preparatorio “Un cuarto ordenado aclara la mente”—consideramos que, de momento, ya hemos hecho suficiente; evitamos redactar el trabajo, o por lo memos empezarlo, pero nos convencemos de que “ya hemos dado el primer paso” y de que podemos dirigir nuestra atención a algo más agradable. Las ilusiones pueden ser reconfortantes, pero no redactan trabajos por nosotros.

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