Entre las conductas elusivas y
las racionalizaciones que las acompañan cabe citar las siguientes:
•
Contemplar la tarea que hay que realizar pero
sin emprenderla; por ejemplo, tenemos que colocar unas estanterías pero nos
sentamos en el sofá mirando la pared y pensando: “Antes de empezar, tengo que
mentalizarme”. Pensar desde el sillón no nos ayudara a “mentalizarnos” para
realizar la tarea, pero empezar a trabajar en ella, sí.
• No emprendemos las tareas hasta el último minuto
porque “trabajamos mejor bajo presión”. Para comprobar esta afirmación, haría
falta comparar la calidad de nuestro trabajo “de última hora” con un trabajo
realizado con tiempo. Esto podría revelar que el verdadero problema es,
simplemente, la “paliza” de tener que dedicar más tiempo a la tarea. Trabajar
bajo presión significa tener que “acabar el trabajo a toda prisa, no poder
reunir todo el material necesario para hacerlo bien, tener poco tiempo para
examinarlo y repasarlo y, con frecuencia, tener que despacharlo de una manera
relativamente inacabada”.
• Cuando decimos “ya lo haré mañana”, seguramente
intentamos convalecernos de que el trabajo es “pan comido”. Pero, en realidad,
ese “mariana” no es el día siguiente, sino un punto indeterminado del futuro.
Como los letreros de ciertos establecimientos donde se dice “Hoy no se fía, mañana
sí”, la promesa de actuar mañana nunca se acaba de cumplir. Actuar hoy puede
suponer menos preocupaciones y más oportunidades para mañana.
• Una variación del tema “ya lo haré mañana” es hacer
que la acción futura dependa de resolver algún problema actual (por ejemplo; “Empezaré
a pedir a alguna chica que salga conmigo cuando haya perdido un poco de peso en
el gimnasio y me sienta con más confianza”). En este caso, distraernos con
estas actividades —perder peso y estar en mejor forma—, que también podemos
emprender a medias o simplemente abandonar, nos impide afrontar nuestro verdadero
problema: el miedo al rechazo y el consiguiente autodesprecio (“A las mujeres
no les van los tripudos como yo”).

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