1. Perfeccionismo: nos cuesta
iniciar o acabar tareas porque podríamos no alcanzar el nivel que nos hemos
impuesto. Por lo tanto, buscamos excusas para explicar nuestra actuación
imperfecta y evitar el autodesprecio (por ejemplo: “No he sacado un sobresaliente
porque he salido mucho de juerga. Si hubiera estudiado en serio y no hubiera
sacado un sobresaliente, entonces sí que sería un fracaso”).
2. Soñar: tenemos tendencia a
la distracción y a la falta de realismo; las grandes ideas no se traducen en objetivos
realizables. Usamos la fantasía como vía de escape de la monotonía o del
aparente estancamiento de nuestra vida.
3. Preocupación: tememos que
las cosas salgan mal y que los acontecimientos nos superen; por lo tanto, evitamos
el riesgo o el cambio y tenemos poca confianza en nuestra capacidad de tomar
decisiones o de tolerar el desasosiego.
4. Provocar crisis: nos gusta
alardear de que no nos podemos motivar hasta el último momento o de que entonces
es cuando trabajamos mejor. Estar siempre “en vilo” nos provoca una descarga de
adrenalina. Normalmente mostramos una tolerancia muy baja del aburrimiento. Por
otro lado, cuando caemos en la indecisión en el último momento, esperamos que
la tarea desaparezca milagrosamente o que aparezca alguien que nos ayude a
realizarla o que la haga por nosotros.
5. Rebeldía: reaccionamos con
agresividad a las sugerencias o instrucciones de los demás porque ello significa
que nos están diciendo lo que tenemos que hacer o que intentan controlarnos; o
b) adoptamos una actitud pasivo-agresiva y decimos “si” cuando queremos decir “no”
para desquitarnos indirectamente de alguien porque tememos o nos cuesta
expresar nuestros verdaderos sentimientos.
6. Exagerar las cosas: siempre
estamos haciendo algo o trabajamos más de lo necesario, pero no abordamos los
problemas importantes que deberíamos afrontar (por ejemplo, decidir cuáles son nuestros
verdaderos objetivos y valores en la vida). Nos cuesta decir “no” y delegar
trabajo en otros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario